A finales del siglo XV el shogún Ashikaga Yoshimasa, rompió por accidente dos de sus tazones favoritos para el te, decidido a conservarlos envió las piezas de cerámica a China para ser restauradas.
Después de un tiempo estas volvieron a él, pero el shogún quedó insatisfecho con el resultado. Los artesanos habían pegado cada una de las piezas pero las grietas le daban un aspecto poco estético que disgustaba a Ashikaga Yoshimasa.
Aferrándose aún al deseo de conservarlos, se dedicó a buscar por toda su nación una técnica de restauración que pudiera embellecer de nuevo sus tazones.
Así es como descubrió el kintsugi cuya técnica consiste en mezclar oro en el pegamento con el cual se unen las piezas rotas. De esta forma, al terminar la restauración las cicatrices de su ruptura aún se notan, pero al estar revestidas de oro, esas grietas se han convertido en lo mas valioso de la pieza. Lo cual le otorga una belleza más sublime, debido a que sus cicatrices bañadas en oro, cuentan la historia de su caída y restauración.
La técnica se popularizó por todo el mundo, de tal forma que se llegó a apreciar más un jarrón restaurado que uno sin grietas.
Jesús sabía muy bien que como seres humanos, es fácil avergonzarnos de nuestras cicatrices por errores del pasado, previendo esto dijo en su palabra:
“si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.”
(2 Corintios 5:17)
La sangre de Jesús perdona tu pasado y embellece tus cicatrices como evidencia de tu restauración. Permite al Señor brillar a través de tus grietas y cuenta la historia de lo que Jesús ha hecho en tu vida.
Pr. Ángel de la Cruz