El Conde de Montecristo es un libro escrito por Alexandre Dumas. En él se narra la historia de Edmundo Dantés. Un joven a quien la vida parece sonreirle. Se encuentra apunto de ser promovido a Capitán de un barco y a tan solo días de casarse con Mercedes, una española hermosa.
La aparente fortuna de Edmundo, despierta la envidia de varios de sus amigos. Quienes lo acusan falsamente de traición y el día de su boda, es encarcelado de manera injusta.
En la cárcel conoce a un hombre que le revela la ubicación de un tesoro de enorme magnitud. Luego de escapar de prisión, Edmundo se hace con el tesoro y se convierte en el acaudalado Conde de Montecristo.
A partir de aquí, Edmundo se dedica a realizar su venganza. Consigue un par de amigos fieles que lo ayudan a realizar su plan. Uno de esos amigos, llamado Pepino, es encarcelado y condenado a muerte.
La plaza de la ciudad se encuentra llena el día de su ejecución y Pepino camina hacia la horca junto con otro prisionero. Ambos lo hacen con serenidad y temple. Sin embargo, unos pasos antes de llegar a su destino final, un oficial inrumpe en la escena y ordena que Pepino sea liberado.
Al escuchar esto, el otro prisionero que hasta el momento se encontraba tranquilo, comienza a forcejear y a gritar:
—¿Por qué él es liberado y yo no?—
Parece una pregunta justa, después de todo ambos debían morir pero, la respuesta es sencilla: Pepino es amigo del Conde y este ha intercedido por él y ha pagado su salvoconducto.
La única diferencia entre los dos condenados de aquella tarde es que Pepino tenía un buen amigo.
La Biblia nos recuerda que nosotros también tenemos un amigo que ha pagado nuestra deuda:
“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.” (Isaías 53:5)
Después de aquel día Pepino vivió por siempre agradecido con el Conde. Si consideramos que nuestra deuda con Jesús es aún más grande, ¿no deberíamos hacer lo mismo?
Pr. Ángel de la Cruz