El reinado de terror de aquel emperador malvado había terminado. Después de una conjura en su contra, Domiciano había muerto. Junto con su vida había terminado también un largo mandato lleno de injusticias y destrucción..
El senado se apresuró a nombrar a quien sería su sucesor y al mismo tiempo, dictaron una damnatio memoriae para el ruín emperador fallecido.
La condena de la memoria emitida por el senado significaba borrar todo registro de que alguna vez un hombre tan malvado como Domiciano había existido. Se tirarían las estatuas en su honor, las monedas con su rostro serían fundidas y su nombre sería borrado de todo documento histórico. Una vez que Roma dictaba «Damnatio memoria» estabas condenado a ser olvidado.
La expresión latina «damnatio memoriae» significa literalmente «condena de la memoria». Esta era una sentencia que el senado pronunciaba en contra de individuos que habían traído vergüenza a Roma.
Ni si quiera los emperadores se salvaban de ella. Una vez que el senado pronunciaba Damnatio memoriae estabas condenado al olvido.
Todos los monumentos en tu honor serían destruidos, la monedas con el rostro del emperador condenado serían fundidas. El nombre del sentenciado sería borrado para siempre de todo registro histórico.
De esta forma cuando pasaran los siglos y se hablara de Roma, nadie se acordaría del acusado ni de sus actos vergonzosos en contra del imperio.
En el gobierno de Dios existe un decreto similar. A diferencia de los romanos no representa una sentencia, representa una oportunidad.
La oportunidad de olvidar todos los actos vergonzosos del acusado y ser llamado hijo del Rey.
“Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.” (Miq. 7:19)
Pr. Ángel de la Cruz