El estadio lleno y los miles de televidentes en el mundo observaban el partido de la NBA entre Oklahoma y Portland por los play-off el 23 de abril de 2019.
Con diez segundos en el reloj, el marcador estaba empatado. Las emociones estaban a flor de piel, gritos, porras y el rostro tenso de todos los aficionados era prueba de lo importante de esos últimos segundos del partido.
En el centro de la cancha, a once metros de la canasta, Damián Liillard jugador de Portland, parece ajeno a la desesperación del ambiente y observa como se consumen los últimos segundos, mientras bota el balón con toda la calma del mundo.
El público lo imagina, los rivales esperan que no funcione, él sabe que saldrá perfecto. En el último segundo del partido levanta el balón y encesta un triple. Marcador final: Oklahoma 115, Portland 118.
Portland avanza a la siguiente ronda. Todos están sorprendidos por la mentalidad y habilidad que se requieren para algo así. Damián Lillard no. Él sabe que estaba preparado para momentos como este.
En la entrevista después del partido alguien le preguntó sobre cómo fue capaz de hacer algo así y él respondió:
«Si quieres verte bien enfrente de miles, tienes que trabajar más que miles enfrente de nadie»
La oportunidad de hacer algo grandioso en público te encuentra cuando te has preparado cuando nadie ve.
En la vida esperitual, Jesús lo dijo así:
“Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.” (S. Mt. 6:6)
El poder del cristiano no está en los cargos que desempeña delante de la iglesia, ni en los talentos qué esgrime delante de la congregación. El poder del cristiano no está en la calidad de servicio que brinda a Dios en público.
Las batallas espirituales se ganan a solas con Jesús, cuando nadie ve.
¿Ya hablaste con él hoy?
-Pr. Ángel de la Cruz